Federico Morales, el arquitecto que diseñó lugares emblemáticos de El Salvador
Federico Morales, arquitecto y artista salvadoreño, creó obras icónicas como Los Chorros y la Puerta del Diablo, dejando un legado cultural único.
Ago 26, 2025- 11:14
Cuando pensamos en lugares icónicos de nuestro país como el balneario de Los Chorros, la Puerta del Diablo o el mirador de Los Planes de Renderos, pocas veces nos detenemos a pensar en quién los diseñó. Estos espacios forman parte de nuestras vivencias cotidianas: son escenarios de paseos familiares, excursiones escolares y recuerdos compartidos entre amigos.
Detrás de ellos hubo un hombre visionario, un creador incansable que combinó arte y arquitectura para dejar una huella imborrable en El Salvador: Federico Morales Rodríguez, conocido cariñosamente como “Lico”.

¿Quien era Federico Morales? Un hijo de Sonsonate con vocación de artista
Federico Morales nació en Sonsonate el 20 de octubre de 1919. Desde muy joven mostró un talento especial para el arte. Sus padres lo enviaron a San Salvador para continuar sus estudios y allí comenzó un camino académico y creativo que marcaría su vida. En 1935 ingresó al INFRAMEN, donde se graduó de bachiller en Ciencias y Letras en 1940.
Su pasión por el arte y las formas lo llevó a integrar parte de la primera generación de la Escuela de Dibujo y Pintura, hoy CENAR. Más tarde continuó en la academia del reconocido maestro Valero Lecha, cuna de grandes artistas salvadoreños. Finalmente, en 1956 se graduó en la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de El Salvador (UES). Esa mezcla de arte y técnica lo convirtió en un creador integral, capaz de pensar en grande y dar vida a proyectos que combinaban belleza, funcionalidad y sensibilidad social.
En 1946, Morales se unió a los ingenieros Jorge Alfaro y René Suárez para fundar la empresa ASM, nombre que surgió de las iniciales de sus apellidos. Cada socio tenía una especialidad: Alfaro se encargaba del cálculo estructural, Suárez de la construcción y Morales del diseño arquitectónico. Con esa combinación de talentos, levantaron inmuebles que definieron la modernidad de los años cincuenta.
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La Junta Nacional de Turismo, dirigida por el poeta Raúl Contreras, contrató a la firma para desarrollar una red de espacios recreativos impulsada por el presidente Óscar Osorio. Así, entre 1949 y 1957, se construyeron algunos de los destinos turísticos más importantes del país: Parque Balboa, Los Chorros, Amapulapa, Atecozol, Apulo, Apastepeque e Ichanmichen, además de los miradores de Los Planes de Renderos y de la Puerta del Diablo.

Estos lugares se convirtieron en parte de la vida y recuerdos de miles de salvadoreños y hasta hoy siguen siendo referentes turísticos y culturales.
Pero Morales no se limitó a los turicentros. También diseñó hoteles, residencias y edificios emblemáticos en San Salvador, como un inmueble en la Calle Rubén Darío, casas en la colonia Flor Blanca, el hotel de montaña en el Cerro Verde y La Casona en Galerías. Su estilo combinaba modernidad con identidad local, pensando siempre en crear espacios que invitaran a convivir.
Si bien la arquitectura lo convirtió en un referente nacional, Morales también fue un artista plástico con una obra vasta. Sus hijos recuerdan que en casa siempre había pinceles, lienzos y bocetos. Sus pinturas iban desde retratos hasta escenas costumbristas, y dominaba técnicas que iban del grafito a la acuarela.
Expuso en eventos importantes como la II Semana Cultural de la UCA en 1973 y en el Gran Hotel de San Salvador, en el marco del “Mes del Turismo” de ese mismo año. Décadas después, en 2013, la Sala Nacional de Exposiciones Salarrué presentó una muestra con más de 50 de sus obras, y en 2023 la Casa de la Cultura de Sonsonate organizó “La vida íntima de Federico Morales”.
En cuanto a murales, su huella se encuentra en lugares clave como el aeropuerto de Ilopango, la Facultad de Ingeniería de la UES, la Fuerza Naval y el exedificio del ISTU. Algunos de estos se han perdido o modificado, pero otros se mantienen como testimonio de su talento. El mural de la OPAMSS, por ejemplo, fue restaurado en 2017.
Maestro y ser humano cercano
Morales no solo creó espacios y obras, también compartió su conocimiento. Fue docente en la Facultad de Arquitectura de la UES, donde se distinguía por su cercanía con los estudiantes. Su hija Marisela recuerda que prefería enseñar de manera sencilla, incluso conversando con los jóvenes en las cafeterías de la universidad.
Sus hijos lo describen como un hombre culto, alegre, humilde y generoso. Falleció en 1989, dejando a su esposa María Elena Oliva y a sus cuatro hijos, quienes hoy resguardan alrededor de 150 pinturas y el recuerdo de su legado.
Una memoria que no debe olvidarse
Hablar de Federico Morales es hablar de espacios que hoy forman parte de la identidad salvadoreña. Su visión artística y arquitectónica no solo cambió la forma en la que construimos, sino también la manera en la que disfrutamos el país.
Aunque el tiempo ha borrado algunos de sus murales y su nombre ya no aparece con frecuencia en los libros de historia, su obra sigue viva. Basta con visitar Los Chorros, mirar hacia la Puerta del Diablo o disfrutar de un paseo en los turicentros para estar frente al legado de “don Lico”.
Recordarlo es un acto de justicia con quien ayudó a definir parte esencial del paisaje urbano, turístico y cultural de El Salvador. Su creatividad nos recuerda que el arte y la arquitectura, cuando se hacen con pasión y propósito, trascienden generaciones.